Con Rubén compartimos la pasión por la lectura, en mi caso debo agregar a lo que daba gusto leer lo que el propio Rubén escribía y debatíamos por horas. Pienso ahora en lo que no es menos que una gran obra. En los últimos años se ha prestigiado el género de la biografía, por encima de la obra seria quizás. No se puede entender a Borges en estos días, si no se atiende a sus actos personales, a su vida amorosa y política. Este cinturón de herramientas puede fácilmente convertirse en tan espeso que no lleguemos nunca a la lectura de Borges. Pero en el caso de Rubén hay algo fascinante, su chispa de biógrafo de la vida social. Leerlo a él es entender a Tucumán, a un punto que es más relevante que la contraria, el Tucumán que lo explicaría a él y sus escritos. Rubén fue un amigo, pero para todos sus contemporáneos supuso un punto de vista agudo, distinto pero a la vez familiar, reconocible. La picardía de la profesión, la curiosidad sedienta y la pluma firme y fina. Muy pocos dejaron detrás suyo una estela tan importante, quedan para siempre su optimismo escéptico, su desconfianza bonachona, su necesidad de verdad, de una verdad sin punto final, una verdad charlada en incontables cafés que quedan en nuestros recuerdos. La sociedad tucumana le deberá siempre esos cafés, pero Rubén no cerró jamás la mesa y podríamos decir sin dudas que nos quedan sus escritos y para quienes estuvimos en esas mesas, su charla, como de propina.

Alfredo Dato


alfredodato@hotmail.com